Truman estrenó la presidencia montando en cólera por la expeditiva adquisición soviética de extensos territorios. El éxito del Proyecto Manhattan ayudaría a limitar el expansionismo que perseguía el enemigo aliado. Stalin ordenaba enormes sacrificios que forzaban hasta el límite la resistencia humana. Pensaba que los americanos carecían de la grandeza esencial para la supremacía mundial. Se mostraba completamente seguro del desmoronamiento del capitalismo y de la imposibilidad de un tercer conflicto. Básicamente porque nadie intentaría ocupar países con un pueblo cansado de la guerra. No se podía contar con la gente.
Dance there upon the shore; What need have you to care For wind or water's roar? [...] What need have you to dread The monstrous crying of wind? (Yeats, Responsibilities, 1914)
Baila allí sobre la orilla; ¿Por qué ha de preocuparte el rugido del agua y del viento?...
En una concurrida comida familiar oigo algunos comentarios severos contra la educación de la juventud actual. No creo que en general nos vayamos adaptando bien a los nuevos tiempos. Lo más exagerado quedó sin puntualizar por nadie. Tampoco por la parte más aludida, entre la que no me sentía incluido. La forma de recurrir a la moral quedó demasiado torcida. Tendemos mucho a acogerla porque parece regalar el derecho a juzgar y condenar. A la hora de ponerla en práctica el entusiasmo es mucho menor. Los que ofician repasos públicos de principios morales, aunque no los practiquen, tienen muy clara su superioridad sobre los que parecen ignorarlos.
Sin el ímpetu de la juventud, después de la pérdida definitiva de Laura, los versos de Petrarca se vuelven más profundos y suaves. La esperanza perdida parece no restar nada. El afecto se renueva cuando nada impuro puede mezclarse. Si era correspondido en silencio, interviene otra clase de dolor. El reparto de admiración y lástima tendría que volverse a hacer.